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Breve historia sobre una foto

Miércoles, 3 de Febrero de 2010 Pablo Ruiz Molina Sin comentarios

En verano la gente se iba a la costa y la ciudad se quedaba más vacía que de costumbre, lo que hacía que fuese casi extraño encontrarse esas calles de Barcelona tan vacías de tráfico.

Yo como cada mañana recorría la ciudad llevando a gente de aquí para allá. Todo hacía indicar que esa mañana iba a pasar sin sobresaltos, sin embargo estaba muy equivocado. Al doblar la esquina, junto a la parada de autobús, encontré a una clienta que me hizo el alto.

Ella era joven, rondando los 25 años, y bastante bonita. Lo primero que me sobresaltó fue su manera de entrar al taxi, parecía nerviosa. Sin siquiera saludar me dijo que la llevara al aeropuerto, eso sí, de manera cortés. Ya que el trayecto era algo largo, traté de entablar conversación, rompiendo así el ambiente incómodo que tanto se forma en mi profesión.

Calle de Barcelona

Calle de Barcelona

- ¿A dónde va señorita?, le pregunté.

- No lo sé, tomaré el primer vuelo que salga en el aeropuerto.

Todo parecía muy extraño, su aspecto de jovencita desenfadada parecía esconder algún secreto turbio.
De repente en la emisora del taxi la policía avisó de que una chica joven había robado una valiosa joya en la zona dónde me encontraba. Automáticamente cerré los pestillos del taxi para no dejarla escapar. Ella se puso muy nerviosa y me dijo que parara el coche. Yo traté de contactar con la policía, pero ella se abalanzó sobre mí cogiéndome del cuello. Intenté quitármela de encima, pero no tenía fuerzas, me estaba ahogando. De repente noté que el coche perdía el control, nos metimos al carril contrario. Escuchaba a la chica gritando, los claxon de los coches, y sólo atinaba a ver, una farola a la que íbamos de frente, cada vez más cerca.

Debido al sobresalto me incorporé en mi cama muy agitado, eran las 4 de la mañana, todo había resultado ser un mal sueño. Nota mental: No ver películas policiacas antes de dormir.

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Bayonetas en la huerta II

Viernes, 23 de Octubre de 2009 José Carlos Sánchez Zamora Sin comentarios

Más fragmentos de La Guerra de la Independencia (por José María Queipo de Llano) en los que la acción transcurre en suelo murciano: 

“Después de tamañas desgracias, las tropas que restaban del segundo ejército, y se habían retirado con las del tercero, mandadas por Don Nicolás Mahy, y las que de éste mismo se habían antes adelantado con Don Manuel Freire hacia Requena, o quedándose en la frontera de Granada, continuaron alojadas, ya en Alicante y sus alrededores, y ya en Cartagena y pueblos del reino de Murcia. El numero de ellas, incluyendo las guarniciones de las citadas últimas dos plazas, al pie de 18000 hombres. Tomó luego el mando interino de todas Don José O´Donell, jefe del estado mayor del tercer ejército”. (…)

“No sólo se vieron acosadas todas estas fuerzas por las de Suchet y por las del general Mont-Brun, sino también por parte de las del ejército francés del Mediodía, que acudieron al cebo de los despojos. Llegaron las postreras a la vista de la ciudad de Murcia el 25 de Enero, y el 26 entró en ella con 600 caballos el general Soult, hermano del mariscal. La víspera le había precedido un destacamento, y unos y otros impusieron al vecindario muy pesadas contribuciones, imposibles de realizar. A estos gravámenes quiso el general francés añadir otro nuevo con sus festines, y mandó se le preparáse para aquél día en el palacio episcopal, donde se albergaba, un espléndido y regalado banquete. Gustaba ya deliciosos manjares, cuando vino a interrumpirle en su ocupación sensual una voz que decía: ‘Las tropas españolas han entrado, los enemigos son perdidos’.

En efecto, don Martín de la Carrera, que se apostaba no lejos con gran parte de la caballería del segundo y tercer ejército, después de reunir un trozo de ella en Espinardo, a media legua de la ciudad, acababa de penetrar por la puerta de Castilla a la cabeza de 100 jinetes. Tenían otros la orden de acometer al mismo tiempo por los demás puntos. Era el intento de Carrera, sorprender a los enemigos, que a la verdad no le aguardaban, cogerlos o aventarlos, y libertar a la ciudad de huéspedes en tal manera molestos.

El bravo general Martín de la Carrera

El bravo general Martín de la Carrera

Sobresaltado el general Soult, levantóse de la mesa, y con la precipitación tropezó y bajó la escalera casi rodando. Aunque mal parado, montó, sin embargo, a caballo: le siguieron todos los suyos. No así, por desgracia, Carrera los de su bando, quienes, excepto los que él mismo capitaneaba, o no entraron en la ciudad, o retrocedieron luego por equivocación o desmayo. Tuvo por consiguiente el don Martín que hacer cara sólo con sus 100 hombres a las fuerzas del enemigo, tan superiores. No por eso se abatió, y antes de ser estrechado, paseó calles y plazas acuchillando y matando a cuantos contrarios topaba. Duró tiempo la lid. Costó el terminarla sangre al francés; más a  lo último, cogidos, muertos o destruidos los soldados de Carrera, quedó éste sólo y rodeado por seis de los enemigos en la Plaza Nueva. Defendiese gran trecho, mató a dos, y si bien herido de un pistoletazo y de varios sablazos, sostúvose aún, no quiso rendirse, y peleó hasta que exánime y desangrado cayó tendido en la calle de San Nicolás, donde expiró. Ejemplo de hombres valerosos era carrera, mozo y membrudo, de estatura elevada, noble en el rostro, de arrogante y gentil apostura.

Antes de finalizar el combate ya habían los enemigos entregado al saco a la ciudad de Murcia. Robároslo todo, y cometieron los mayores excesos, particularmente en el barrio del Carmen. Despojaban en la calle a las mismas mujeres de sus propias vestiduras, y no perdonaron ni aún el ochavo que en el mugriento bolso escondía el mendigo. Cargados de botín y temerosos de que tornasen los nuestros, se retiraron por la noche, y en la Alcantarilla y en casi todo el camino hasta Lorca repitieron iguales o mayores demasías.

Como quiera que lacerados de dolor, tributaron los murcianos al día siguiente honores fúnebres al cadáver del inmortal don Martín de la carrera, y le sepultaron con la pompa que les permitía su triste azar. Un mes después celebró, también en memoria del difunto, solemnes exequias el general en jefe don José O´Donnel, y diose el nombre de la carrera a la calle de San Nicolás, en la cuál terminó aquel caudillo sus días peleando como bueno. La Junta provincial determinó igualmente erigirle un cenotafio en el sitio mismo de su fallecimiento.”

Vista actual del Barrio del Carmen de la capital murciana

Vista actual del Barrio del Carmen de la capital murciana

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Bayonetas en la huerta I

Sábado, 10 de Octubre de 2009 José Carlos Sánchez Zamora 1 comentario

Siempre me ha llamado la atención la ignorancia y el desconocimiento que gasta el españolito de a pie con nuestra historia. Ojo, no sólo eso; nos es completamente indiferente, nos la repamfinfla. Incluso nos enorgullecemos de ello como buenos paletos que somos, Leer más…

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